Ticker

10/recent/ticker-posts

Ad Code

La vida bajo el dominio de las maras: “La pandilla lo mira y lo controla todo”


animalpolitico.com
Habitantes de Tegucigalpa, la capital de Honduras, describen el contexto de violencia y temor en el que viven debido a las pandillas, que se confrontan entre sí y buscan reclutar a niños y jóvenes. 

FOTOS: Manu Ureste
PorManu Ureste y Ethan Murillo 
 26 de diciembre, 2022
Comparte

El carro, un viejo sedán gris, avanza lento por las calles empinadas de Los Pinos, una de las muchas colonias de Tegucigalpa que se encuentran inmersas en una “guerra” entre la Mara Salvatrucha 13 y Barrio 18, dos de las pandillas más violentas de América Latina y el mundo. 

Al volante, Allan, de veintipocos años, alto, moreno, espigado y con aires de reguetonero, maneja con los ojos puestos en todas partes. 


“En Comayagua, informamos del cierre de Transportes Flores —reporta una voz enlatada que sale de la radio—, empresa camionera que tiene buses de ruta que van a Tegucigalpa. O que tenía, mejor dicho —se corrige el reportero—, porque, lastimosamente, la empresa cerró por extorsión…”.  

—El sector del transporte es el más golpeado por la violencia —comenta Allan tras cambiar en el estéreo las noticias por una salsa cuya letra pide “Ven, devórame otra vez”. Atrás, dos periodistas de Animal Político asienten en silencio—. Nosotros, por ejemplo —golpea el volante—, en esta empresa no llevamos placas de taxi. Porque si fuéramos como ese que va por ahí —apunta con la barbilla a un viejo carro blanco que lleva cuatro pasajeros— ya nos habrían parado para preguntarnos a qué Mara le pagamos el impuesto. Y como no le pagamos a ninguna, pues tendríamos problemas serios. 

Lentamente, el carro avanza por calles de paredes en las que se repiten pintas que rezan “¡Fuera Joh!” o “Muerte a Joh”, en alusión a Juan Orlando Hernández, el expresidente de Honduras preso en Estados Unidos por acusaciones de narcotráfico.

Al llegar a un semáforo, el coche se detiene. 

De inmediato, cuatro niños aparecen de la nada pidiendo monedas. 

—Y ahora, estos son los que tienen un mayor peligro —dice el chofer, que les hace un gesto con el dedo para indicar que no tiene lempiras para darles—. Porque a estos cipotes son a los que las maras les dicen: “Mirá vos, este bulto de dinero puede ser tuyo ahora mismo”. O: “Mirá, esta moto te vamos a dar. Venite vos, llevátela ahora mismo, es tuya”. Y claro, un cipote pequeño, que le regalen una moto, pues dice: “Guau, qué fácil, ¿y qué tengo que hacer?”, “Ah, no, pues tenés que llevarnos este paquete para allá. Ah, pues tenés que vigilar acá. Si entra la policía, nos llamás”. ¡Es bien fácil!

Allan continúa sin dejar de espejear.

—Luego, ese cipote va con sus amigos y les dice: “¡Vos vieras cómo me está yendo! ¡Já! ¡Mirá los tenis que ando! Y solo con un día de trabajo me los compré. ¿Querés trabajar conmigo? ¿Sí? Pues venite y te presento a estos manes”—. Claro, luego les dan su calentada —el chofer reanuda la marcha—. Porque entrar a la Mara no es de a gratis. Les pegan, como parte del ritual de iniciación, y luego ya entran. 

Al principio, prosigue Allan, los pagos son por “trabajos” fáciles. Pero, después, los encargos para transportar drogas o para atacar —incluso matar— a pandilleros rivales, o a quienes no pagan los llamados “impuestos de guerra” o no lo hacen a tiempo, son cada vez más recurrentes, hasta que el nivel de violencia se dispara y no hay vuelta atrás. Y, entonces, los jóvenes quedan atrapados en esa espiral de estadísticas que aseguran que, en promedio, más de 600 niños, niñas y menores de 22 años son asesinados al año en Honduras, país que ya en 2017 tuvo la mayor tasa en el mundo de homicidios de jóvenes, de acuerdo con datos del observatorio de la organización civil Casa Alianza.   

—Primero les dan dinero rapidito —Allan chasquea los dedos—. Pero, después, la cosa no es tan fácil. Los utilizan como carne de cañón. Entonces, muchos de estos cipotes quieren salir de la Mara, pero ya no se puede. Porque la única forma de salir de ahí es muriéndose. 

Tras la sentencia, Allan guarda silencio por unos segundos, como si reflexionara al pasar junto a una de las muchas parroquias cristianas que rezan con luces de neón estridentes: “Jesucristo es la respuesta”. 

—O bueno, pueden salir si se meten a la Iglesia. Pero los que se meten ahí también saben que los mareros están vigilando que, de verdad, tengan el compromiso de buscar a Dios. Porque si los mareros ven que no hay ese compromiso real… entonces, en el primer round se los bajan. 

Allan hace con la mano derecha el gesto de una pistola puesta en la sien. 

—Así opera la Mara —dice con los ojos negros fijos en el espejo retrovisor—. Lo mira y lo controla todo. 

Dominio de las maras y pandillas

“En la Mara nunca estás en paz”

Son las 11:00 de la mañana. Las nubes blancas, frondosas, enormes, rozan los picos de los cerros que están desperdigados por los recovecos de Los Pinos, dominada por la MS13. Allan llega con los periodistas al punto indicado para la primera entrevista del recorrido: una muy pequeña y discreta clínica, rodeada de llanteras, pequeñas panaderías y tienditas de abarrotes que llaman “pulperías”.

Con las cámaras guardadas en las mochilas —“No las saquen hasta que se lo digamos, por favor. Es muy importante eso, o si no, van a empezar los problemas”, había advertido durante el trayecto Esdras Medina, activista de Casa Alianza que trabaja con jóvenes vulnerables—, los periodistas descienden del carro gris y caminan por el estacionamiento de la clínica, donde los esperan Bertilio Amaya y Melvin Martínez, también activistas. 

—Acá estamos en una colonia muy problemática —pone sobre aviso Melvin bajando la voz, mientras se coloca el chaleco azul que lo identifica, y explica que se decidió que la entrevista fuera en esta clínica anodina para no llamar la atención de las “banderas” de la Mara, sus espías—. Esta zona está entre las más peligrosas de Tegucigalpa —continúa con la advertencia—, debido a la cercanía con otras dos colonias muy violentas, la Villanueva y la Villavieja. Acá las maras tomaron el control. 

Lee: Líderes de la Mara Salvatrucha huyeron de El Salvador a México, afirma el gobierno de Bukele

De hecho, el activista cuenta la anécdota de que recientemente estuvieron en la zona acompañando a un niño en situación de calle, cuando, de la nada, salieron dos coches —“Así, ¡fiiuuum!”—, bajaron los vidrios y se les quedaron mirando en un silencio que se prolongó una eternidad, hasta que los activistas decidieron que lo mejor era salir rápido del lugar.

A continuación, una mujer aparece caminando por el estacionamiento de este improvisado terreno neutral. Trae paso ligero, sonrisa nerviosa y el rostro sofocado por los más de 30 grados de calor y la humedad. 

De un bolsillo del pantalón, la enfermera saca unas llaves y abre mirando para izquierda y derecha una puerta que da acceso a un pequeño cuarto donde guardan garrafas de cloro, escobas y otros productos de limpieza. 

—Acá estarán más tranquilos —dice con voz queda y luego se esfuma.

Tras ella, entran tímidos al cuarto que rezuma olor a desinfectante ‘Jerry’, de 17 años, y ‘Jordi’, de ocho. Ninguno se llama así, pero pidieron que se proteja su identidad porque no tienen el permiso de la MS13 para hablar con periodistas. 




 

Uso cookies para darte un mejor servicio.
Mi sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Acepto Leer más