Ticker

10/recent/ticker-posts

Ad Code

Cuando el eco de la ignorancia es bandera

El juez miró al hombre que había disparado contra el presidente egipcio Anwar Sadat y le preguntó con calma:

— ¿Por qué lo mataste?

— Porque era seglar —respondió el asesino.

El juez frunció el ceño.

— ¿Qué significa “seglar”?

El hombre dudó un segundo.

— No lo sé.

En otro juicio, el acusado había intentado asesinar al escritor Naguib Mahfouz.

— ¿Por qué lo apuñalaste? —preguntó el juez.

— Porque escribió una novela contra la religión.

— ¿La leíste?

— No.

En una tercera sala, otro hombre enfrentaba cargos por asesinar al intelectual Farag Fouda.

— ¿Por qué lo mataste?

— Porque no tenía fe.

— ¿Cómo lo sabes?

— Está en sus libros.

— ¿En cuál?

Silencio.

— No lo sé. No los he leído.

— ¿Por qué no los leíste?

El hombre bajó la cabeza.

— No sé leer ni escribir.

En los tres casos, el patrón era el mismo.

Se mataba por ideas que no se entendían.
Se condenaba por palabras que no se habían leído.
Se odiaba por conceptos que no se sabían definir.

No era convicción.
Era repetición.

No era fe.
Era eco.

No era certeza.
Era obediencia ciega.

La violencia no nació del pensamiento. Nació de la ausencia de él.

El odio no se propaga a través del conocimiento.
Se propaga donde el conocimiento no llega.

Y cada vez que una sociedad renuncia a educar, no crea ignorantes.

Crea armas humanas que no saben por qué disparan, pero están dispuestas a hacerlo.

Ese es el precio invisible de la ignorancia.

Y siempre lo paga alguien que no hizo nada para merecerlo.

Uso cookies para darte un mejor servicio.
Mi sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Acepto Leer más