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El largo historial de graves errores de Estados Unidos en Asia Occidental, aparte de Irán


Por Ramzy Baroud | 15/09/2026 

Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

El Gobierno estadounidense sigue redoblando su apuesta, a pesar de que su obstinación le sale muy cara, no solo en términos materiales, sino también de influencia geopolítica. 

Washington está perdiendo rápidamente poder y prestigio en Asia Occidental, una decadencia que podría producir un más amplio efecto dominó que tendría repercusiones en todo el mundo.

La última expresión de esta arrogancia provino del Secretario del Tesoro estadounidense Scott Bessent, que declaró en su intervención en el encuentro de ministros de Finanzas del G20 en Asheville, Carolina del Norte, el pasado 1 de septiembre que dentro de dos años el Estrecho de Ormuz sería un «charco de agua sin valor alguno» puesto que el petróleo se iba a transportar por tierra gracias a oleoductos. Bessent fomenta un relato que insiste en la guerra económica en vez de en la militar.

 Anunció en un artículo publicado en Financial Times el 23 de agosto que «se avecina un Día D económico para Irán» y amenazó con graves consecuencias económicas a aquellos países que continúan comerciando con Irán.

 Suena menos a una estrategia de política exterior seria que a la admisión por parte de Washington de su incapacidad de cambiar el curso de la guerra actual.

Han surgido dos escuelas de pensamiento dominantes para explicar cómo llegó Washington a esta posición. La primera, que promueven en gran medida amplios sectores de los medios de comunicación estadounidenses, antiguos altos cargos y mandos militares retirados, sostiene que la guerra contra Irán fue desde un principio un error y que Washington carecía de la preparación logística y militar para emprenderla. 

La segunda explicación sitúa a Irán en el centro y sostiene que fundamentalmente Washington subestimó la capacidad militar de Irán, su resiliencia política e influencia regional, y trató al país como si fuera otra Venezuela que podía ser sometida por medio de sanciones, amenazas y una limitada presión militar.

Ambas explicaciones son ciertas en parte, aunque ninguna proporciona una explicación más profunda, menos defensiva y con más fundamento histórico que se requiere para explicar la envergadura de actual fracaso de Estados Unidos.

Uno de los críticos más contundentes de la guerra de Estados Unidos ha sido el destacado politólogo y experto en relaciones internacionales estadounidense John J. Mearsheimer, que el 15 de julio [de 2026] afirmó «Trump está atrapado y no tiene salida», con lo que reiteraba una afirmación hecha reiteradamente desde el inicio de la guerra.

 «Con ello quiero decir que la decisión de atacar Irán el 28 de febrero de 2026 fue uno de los errores más graves de la historia de la política exterior estadounidense», añadió.

A menudo, y como es lógico, tanto Mearsheimer, como Jeffrey Sachs, Scott Ritter y otras voces estadounidenses críticas analizan estos «enormes errores» desde la perspectiva estadounidense. Sin embargo, para millones de personas que viven en Asia Occidental este análisis colectivo no es un ejercicio intelectual o estratégico, sino que describe su realidad cotidiana. 

Han vivido en medio de estos errores de cálculo catastróficos y han pagado el coste humano de la intransigencia, el militarismo y el fracaso político de Estados Unidos.

La historia de la política exterior estadounidense en Asia Occidental ofrece innumerables ejemplos de este modelo destructivo, el ejemplo más perdurable de lo cual sigue siendo el apoyo de Washington a Israel, que es la mayor fuerza desestabilizadora de la zona.

La población palestina, libanesa, siria y otras de la zona no necesitan un nuevo marco estratégico para llegar a una conclusión similar a la de Mearsheimer. 

Han sufrido directamente las consecuencias del poder de Estados Unidos: guerras, invasiones, ocupaciones, sanciones, injerencias políticas y apoyo incondicional a Israel.

Estados Unidos también estableció un desastroso historial con su invasión y ocupación de Iraq. Logró derrocar al gobierno de Sadam Husséin en 2003, pero fracasó estrepitosa y catastróficamente a la hora de gobernar el país, estabilizarlo o reestructurar Asia Occidental según la «idea» que había afirmado tener. 

El resultado no fue un nuevo orden estadounidense, sino la devastación de Iraq, una larga inestabilidad y la aparición de unas fuerzas políticas que Washington no había previsto ni logró controlar.

Los aliados occidentales de Washington también fueron arrastrados a lo que se conoció como el lodazal de Iraq y pagaron un considerable precio político, militar y económico por una guerra cuyas premisas demostraron ser falsas y cuyas consecuencias continúan sin resolverse.

Como es natural, esos antiguos socios tienen poco interés en participar durante un periodo indefinido en una mucho más larga y potencialmente más destructiva guerra contra Irán, en especial cuando la crisis está siendo gestionada por Donald Trump y Benjamin Netanyahu, dos dirigentes profundamente impopulares e impulsivos, y que suscitan una enorme desconfianza.

Pero Asia Occidental han cambiado. Los Estados de la región tiene ahora una mucho mayor agencia política, cuentan con unas alianzas más diversificadas y se juegan mucho más que en 2003. Ya no actúan dentro de un orden regional en el que Washington es el único centro importante de poder mundial.

Uno de los muchos ejemplos de ello es la reciente visita del presidente chino Xi Jin Ping a Egipto. «Debemos defender el principio de que los pueblos de Asia Occidental son los dueños de sus propios asuntos», afirmó Xi en su encuentro el 2 de septiembre con el presidente egipcio Abdel Fattah el-Sisi. 

El presidente chino también instó a los países a oponerse a las «interferencias externas» y a fortalecer el diálogo regional sobre la paz y la seguridad.

Al igual que Egipto, otras potencias regionales están diversificando sus socios en vez de contar exclusivamente con Washington.

Dirigentes fundamentales de Asia Occidental comprenden que una prolongada guerra contra Irán no quedará confinada a este país, sino que podría desestabilizar toda la zona, devastar tanto economías como infraestructuras, amenazar rutas de energía vitales y generar unas guerras interrelacionadas cuyas consecuencias podrían persistir durante décadas.

Todo esto nos lleva a Israel, que históricamente ha sido la piedra angular de la estrategia estadounidense en la zona, pero ahora está considerablemente debilitado. Está al límite desde el punto de vista militar y político, dividido socialmente y es incapaz de concluir de forma decisiva ninguna de las guerras que ha emprendido, a pesar de las reiteradas declaraciones de victoria de Netanyahu.

Con todo, la difícil situación en la que está Washington no se puede explicar únicamente por el agotamiento de sus arsenales, una pobre planificación militar, la impulsividad de Trump o las manipulaciones de Netanyahu, ni tampoco se puede entender simplemente como el resultado de haber subestimado a Irán. Su fallo más profundo radica en el intento por parte de Washington de imponer un caduco modelo de dominio regional a un Asia Occidental y a un mundo que han cambiado sustancialmente.

Ramzy Baroud es un periodista palestino-estadounidense y director de The Palestine Chronicle. 

Es autor de seis libros, entre ellos Our Vision for Liberation, My Father was a Freedom Fighter y ‘The Last Earth, siendo el más reciente Before The Flood: A Gaza Family Memoir Across Three Generations of Colonial Invasion, Occupation and War in Palestine. Baroud es también investigador senior no residente en el Centro para el Islam y los Asuntos Globales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su página web es www.ramzybaroud.net.

Texto original:

 https://znetwork.org/znetarticle/beyond-iran-americas-long-record-of-middle-east-blunders/

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.



 

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