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Cárdenas relata el fraude de 1988: "Se cayó y se calló el sistema" ¬ FRAGMENTO



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Cuauhtémoc Cárdenas reconstruyó en su libro Sobre mis pasos el fraude de 1988, la caída del sistema electoral y las maniobras que impusieron a Carlos Salinas de Gortari.

Cuauhtémoc Cárdenas reconstruyó en Sobre mis pasos el fraude de 1988, la caída del sistema electoral y las maniobras que impusieron a Salinas de Gortari.

Cárdenas, fundador del PRD y excandidato presidencial. Foto: Archivo, Cuartoscuro


Redacción/SinEmbargo
01/11/2026 - 7:03 pm


Ciudad de México, 1 de noviembre

 (SinEmbargo).– Una discrepancia en los resultados electorales de un distrito de Hidalgo desató uno de los episodios más controvertidos de la historia política de México.

 La noche del 6 de julio de 1988, cuando la Comisión Federal Electoral comenzaba a recibir los primeros cómputos de la elección presidencial, el representante del Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) exhibió un acta oficial del distrito de Tula cuyos números no coincidían con los que el Gobierno estaba dando a conocer. La sesión se interrumpió, el flujo de información se suspendió y ocurrió lo que pasaría a la historia como la caída del sistema.

En sus memorias Sobre mis pasos (Aguilar), Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, fallecido este miércoles, reconstruyó aquel episodio que marcó su primera candidatura presidencial y denunció las maniobras mediante las cuales el Gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado impuso a Carlos Salinas de Gortari como ganador de las elecciones. “Fue entonces cuando se cayó y se calló el sistema”, escribió el fundador de la Corriente Democrática, al recordar cómo se suspendió por más de 72 horas la difusión de los resultados oficiales, mientras el Gobierno y el Partido Revolucionario Institucional (PRI) preparaban el anuncio de la victoria de su candidato.

A 38 años de aquellos comicios, el testimonio de Cárdenas constituye una de las acusaciones más contundentes contra el régimen priista y el proceso mediante el cual Salinas de Gortari llegó a la Presidencia de la República. 

En las páginas de sus memorias, el ingeniero no sólo narró cómo se interrumpió el sistema de cómputo, sino que recuperó las propias palabras de Miguel de la Madrid para sostener que el fraude fue una decisión tomada desde el poder. Su conclusión fue categórica: “La verdad nunca podrá saberse”, debido a la posterior destrucción de los paquetes electorales.

SinEmbargo comparte a continuación un fragmento del libro Sobre mis pasos (Aguilar), © 2010 de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial, con su autorización.

 El texto forma parte del capítulo 8, “El fraude electoral”, específicamente del apartado “La caída del sistema: a confesión de parte, relevo de pruebas”, en el que el excandidato presidencial reconstruye las irregularidades de los comicios de 1988.


La caída del sistema: a confesión de parte, relevo de pruebas

El día de las elecciones, la Comisión Federal Electoral se instaló a partir de las cinco de la tarde en sesión permanente para dar seguimiento a la jornada electoral. Se había tomado el compromiso de que los partidos tendrían acceso, a través de conexiones en paralelo, al sistema de cómputo de la Comisión para conocer al mismo tiempo que ésta, cómo se fuera dando el flujo de los votos. 

Por la tarde, después del cierre de las casillas, empezaron a llegar los números de los diferentes distritos. Uno de los primeros resultados que llegaron y se hicieron públicos en el seno de la Comisión Electoral fue el correspondiente al distrito con cabecera en Tula, del estado de Hidalgo.

Reunido el pleno de la Comisión, presidido como la ley lo establecía por el secretario de Gobernación, aparecieron en pantalla y se dio lectura, en actitud triunfalista, a las cifras oficiales de la elección en el distrito de Tula, favorables, señalaban, al candidato oficial. 

Y ahí sucedió lo inesperado para los representantes del gobierno y del partido oficial: el representante del PARM pidió la palabra y dijo que tenía en su poder y exhibió el acta levantada en la junta distrital, firmada por los funcionarios electorales y por los representantes de todos los partidos, incluido el PRI, con cifras distintas a las presentadas como oficiales.

En ese momento se interrumpió la sesión y se interrumpió igualmente la presentación de datos de la elección al pleno de la Comisión, el hacer éstos públicos y que los partidos pudieran tener acceso a la información que llegaba a la Comisión. Fue entonces cuando se cayó y se calló el sistema.

 La información oficial sobre los resultados electorales se suspendió más de 72 horas y sólo se contó con la que los partidos tenían consignadas en las actas de casilla que sus representantes pudieron colectar. 

En el caso del Frente Democrático no fueron las correspondientes a todas, pues debido a la incipiente organización no había sido posible designar y contar con representantes en la totalidad de las casillas.


Al darse la controversia entre las cifras oficiales y las que presentó el representante del PARM correspondientes al distrito con cabecera en Tula, de inmediato se informó al Presidente De la Madrid; éste dio la instrucción de suspender el flujo de la información al presidente de la Comisión Federal Electoral, Manuel Bartlett, y de paso a José Newman Valenzuela, director del Registro Nacional de Electores, institución responsable de operar el sistema de cómputo e información electoral. 

Funcionó con dos contabilidades, la alterada, que se empezó a hacer pública hasta antes de que se callara y se cayera el sistema de información, y la real, que se decidió desde un principio ocultar, a cargo de Óscar de Lassé, quien operaba este sistema paralelo por encomienda del secretario de Gobernación.

En su libro Cambio de rumbo. Testimonio de una presidencia: 19821988, publicado en 2004, Miguel de la Madrid escribe que al descubrírsele la maniobra, él desde luego lo dice con otras palabras: “…se dejó de dar dicha información, pues los funcionarios de los comités distritales se dedicaron de lleno a analizar y computar las casillas que les correspondían, a fin de llegar al resultado oficial.” 

Esto es, se suspendió la información oficial pero no para analizar y computar, pues sería una ingenuidad creerlo así, sino para manipular las cifras y ponerlas a tono con el fraude, o sea, con el que quería presentarse como resultado oficial.

Aunque no había números oficiales, en los partidos del Frente se estaba recibiendo información de representantes en las casillas y de candidatos y se trataba de reunir el mayor número posible de actas de casilla, para conocer cómo se estaban dando en la realidad las distintas elecciones: la presidencial, las de senadores y de diputados.

Los datos que pudo reunir el Frente Democrático respecto a la elección presidencial fueron llegando como sigue:

El 7 de julio, al día siguiente de la elección, se habían recibido datos de casillas que en conjunto sumaban 2 724 007 votos, 14.2 por ciento del total (que al final ascenderían a 19 143 012), de los que correspondía 26.61 por ciento al PAN, 26.76 al PRI y 40.16 al FDN.

El 9, dos días después, con 6 709 351 votos que representaban 35 por ciento del total, 25.19 por ciento eran votos del PAN, 32.69 del PRI y 38.8 del Frente.


El 12 de julio, que fue el último día que se recibió información que todavía se podía considerar confiable, pues eran cada vez mayores y más claras las evidencias de un fraude masivo y generalizado, se contaban 10 355 293 votos, que serían 54.09 por ciento del total oficial, de los cuales 21.38 por ciento eran votos a favor del PAN, 35.76 del PRI y 39.4 del FDN. Esos votos correspondían a 30 000 casillas, 54.5 por ciento de todas las instaladas en el país.

Mirando hacia atrás y llevando años de navegar con cifras electorales y de dar seguimiento a elecciones bien conducidas en otros países, tendría que pensarse que con 54 por ciento de los votos y de los sitios de votación se establece una tendencia que no varía mayormente respecto al resultado final. No sucedió así en nuestra elección de 1988 y Miguel de la Madrid confiesa en el libro sobre su presidencia que realizados los cómputos en 30 000 casillas, se dejó “pendiente el desglose de la información de otras 25 000, de las que sólo se dieron resultados agregados por distrito”.

 Es decir, lo que De la Madrid confiesa a fin de cuentas en su libro es que no se contaron los votos de 25 000 casillas, 45.5 por ciento del total, o que se contaron pero no se hicieron oficiales y los que se presentaron como tales, nunca casilla por casilla y candidato por candidato, sólo fueron los agregados por distrito, como él les llama.

Ésta es, sin duda, la más clara confesión de Miguel de la Madrid de cómo se robó a los mexicanos y al país la elección federal de 1988. Más allá de explicaciones y deslindes hechos o que vayan a hacerse, contó con la complicidad de su secretario de Gobernación y presidente de la Comisión Federal Electoral Manuel Bartlett, de José Newman Valenzuela, de Óscar de Lassé y de otros más, cuyos nombres y número no conocemos y quizá no lleguemos nunca a conocer, funcionarios mayores y menores vinculados de distintas maneras con aquel proceso electoral.

Pero volvamos a la elección. ¿Qué puede decirse de los votos de esas 25 000 casillas, cuyos resultados fueron ocultados o quizá nunca fueron siquiera contados?

A esas casillas, de acuerdo con los resultados que, como dice De la Madrid, se hicieron públicos agregados por distrito, correspondieron 8 787 719 votos, 45.91 por ciento del total oficial. Su distribución fue como sigue: 11.98 por ciento (contra 21.38 por ciento en las casillas cuyos votos se presentaron como oficiales, desglosados partido por partido y candidato por candidato) para el PAN, 67.57 (contra 35.76) para el PRI y 21.36 (contra 39.4) para el Frente Democrático.

Si se ven unos números y otros en cada uno de los distritos, se llegaría necesariamente a la conclusión de que en cada distrito hubo dos elecciones distintas, dos electorados diferentes y que tendría que tratarse, de hecho, de dos ámbitos políticos, de dos territorios o dos países también diferentes.

El PRI también se había partido. Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Navarrete y miles de priistas más, inconformes con la derechización del PRI, abandonaron el partido y lanzaron una especie de candidatura independiente. 

Al presentar la elección separando en cada distrito los datos de las casillas cuyos datos oficiales se presentaron desglosados y los que se dieron agregados se encontró, por ejemplo, que en el 4° distrito de Puebla la votación reconocida a favor de Carlos Salinas fue de 82 106 votos, de los cuales 31 308 correspondían a las casillas que podemos llamar conocidas y 50 798 a las ocultadas. 

En las primeras, el candidato del gobierno recibió 71.5 por ciento de los votos y en las agregadas 109.8 por ciento, por lo que hubo que quitar, de las conocidas, 1 152 votos a Manuel Clouthier y 3 589 a mí, para que cuadrara la cifra distrital, inventada con toda precipitación.

 Lo mismo ocurrió con las correspondientes a todos los demás distritos, que se tenían que dar a conocer como oficiales a los tres días de la elección, tal como lo establecía la ley electoral, es decir, cuando se levantara de la caída y se devolviera la voz al sistema electoral oficial. 

En forma similar a lo que se hizo con las cifras del 4° distrito de Puebla, se hizo en los 300 distritos del país: se inventó atropelladamente un resultado electoral por distrito y un resultado general para el país, con lo que se impuso el fraude en la elección y la ilegitimidad en el ejecutivo y la mayoría de los legisladores surgidos de ella.

Para terminar con este tema, vuelvo al libro de Miguel de la Madrid, en el que también se lee que al mismo tiempo que ordenó a su Secretario de Gobernación no dar más datos sobre la elección, instruyó al Presidente del PRI, Jorge de la Vega, para que se presentara ante los medios de información y declarara que la elección la había ganado el candidato del PRI, pues necesitábamos “darlo por sentado [el triunfo del PRI] el día 7, ante el peligro de que cundiera la convicción que Cuauhtémoc había ganado en todo el país”. 

Hasta aquí De la Madrid y como dicen los abogados, a confesión de parte, relevo de pruebas.

Estudios cuidadosos posteriores a los días de los cómputos y de las confrontaciones postelectorales, como los conducidos por José Barberán, [18] han permitido establecer como los resultados más probables de esa elección la distribución de votos siguiente: 22 por ciento para Manuel Clouthier, 36 por ciento para Carlos Salinas y 42 por ciento en mi favor, algo más de 900 000 votos arriba del candidato oficial. La verdad nunca podrá saberse, pues meses después, durante el primer año de la segunda legislatura del sexenio de Carlos Salinas, por acuerdo de la Cámara de Diputados, del que fue artífice Diego Fernández de Cevallos, se decidió la incineración de los paquetes electorales que se guardaban en depósito en esa Cámara.

En los días inmediatos posteriores a la elección, 7, 8, 9, 10 de julio, alrededor del medio día, en el patio de las oficinas de Andes, hacíamos una conferencia de prensa para informar a los medios de la situación. Desde el primer momento Rosario Ibarra reconoció que yo había ganado la elección y desde el primer día hizo presencia con nosotros en esas conferencias.

Conforme fue teniéndose más información, se fue viendo que era muy alto el número de las casillas zapato, esto es, aquellas donde el 100 por ciento de los votos se anotaba a favor del PRI; que en las zonas más distantes de las grandes poblaciones, las de desarrollo social más precario, las de población menos politizada, la participación electoral había sido más abundante y las votaciones a favor del PRI eran de la casi totalidad de los empadronados. Y así irregularidad tras irregularidad, por todo el país, siempre para favorecer al partido oficial.

Hubo lugares en que por más que maniobró el gobierno tuvo que reconocer los votos del Frente Democrático.

 La elección presidencial se ganó oficialmente en el Distrito Federal, donde se reconoció el triunfo de la fórmula para senadores y que la elección presidencial se ganó en 38 de los 40 distritos electorales, en Michoacán, con más de 65 por ciento de los votos a mi favor (que considero fue un reconocimiento a mi gestión al frente del gobierno del estado, que hacía menos de dos años había terminado y estaba, por lo tanto, fresca en el sentir de los michoacanos, lo que ha constituido desde entonces un profundo orgullo para mí), en Morelos, Baja California y el Estado de México.

Cuauhtémoc Cárdenas

El ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas durante un mitin en Zócalo capitalino. Foto: Cuartoscuro
Datos del Frente nos decían que además de los reconocidos de Michoacán y el Distrito Federal, se habían ganado las elecciones de los dos senadores de Guerrero, Veracruz, Baja California y Colima más uno del Estado de México, así como más de cuarenta diputaciones uninominales de Guerrero, Veracruz, Puebla, Colima, Michoacán, Quintana Roo, Campeche, Oaxaca, Tlaxcala, Guanajuato, Coahuila, Durango, Nayarit y Chiapas, que fueron arrebatadas a los partidos del Frente.

Un factor que restó posibilidades de defensa del resultado general y que de manera particular influyó en los resultados de la elección de diputados y senadores fue, sin duda, el que existieran fuertes desconfianzas entre los partidos del Frente Democrático (PARM, PPS y PFCRN) y la desconfianza que tenían respecto al resultado general de las elecciones (tengo la convicción que cuando me postularon, no creían que pudiera ganarse la elección presidencial). Ello hizo que no se aceptara la propuesta de la Corriente Democrática, en la que insistimos, de presentar una planilla de senadores y diputados que fuera común de los tres partidos.

Hubo el acuerdo para que Porfirio e Ifigenia fueran candidatos comunes a senadores por el Distrito Federal de los tres partidos y que los tres apoyarían a los candidatos que la Corriente Democrática postulara en Michoacán, como una concesión a mí. Así, a pesar del fraude, se ganaron las senadurías del Distrito Federal y las de Michoacán, y en este estado se ganaron doce de las trece diputaciones en disputa. 

En el Distrito Federal, por ejemplo, la elección presidencial se ganó en 38 de los 40 distritos, pero sólo tres o cuatro de las diputaciones —las de Miguel Aroche Parra y de Marcela Lombardo entre ellas—, que fueron presentadas por sólo alguno de los partidos del Frente y no por los tres. 

Lo mismo sucedió en muchos distritos en diferentes partes del país. Además de Michoacán y las senadurías del Distrito Federal, sólo en casos contados se presentaron candidaturas comunes, no como acuerdo general del Frente, sino como producto de acuerdos particulares de los candidatos que lograban negociar apoyos de más de un partido.

Esta situación hizo que a lo largo de la campaña, en la mayoría de los estados y de los distritos, me presentara yo en los distintos mítines y reuniones con dos y hasta tres candidatos a senadores y a diputados. Todos postulados por partidos integrantes del FDN, cada uno apoyado por los miembros de su partido, no por los de los otros dos, impidiendo esas candidaturas múltiples que pudiera llamarse al voto a favor de ninguna de ellas. Esto resultaba desconcertante para quienes asistían a los actos de apoyo, sobre todo para quienes no eran miembros de los partidos políticos.

El miércoles 9 de julio era el día en que se tenían que dar a conocer oficialmente los cómputos definitivos de la elección presidencial. Cerca de la media noche, conociendo cómo iba el conteo oficial, recuerdo que entre otros estaba en la oficina de Andes Adolfo Gilly, decidimos llamar a los representantes de los medios de información. 

Cerca de las 2 de la mañana hice la declaración de que, al hacer oficiales las cifras que el gobierno estaba dando a conocer, se estaba produciendo un golpe de Estado técnico, que del fraude surgiría un gobierno ilegítimo e ilegal y que echaríamos mano de todos los recursos que la ley ponía a nuestro alcance para revertirlo.


 

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